«La escuela que viene», por Miguel Barrero

Una institución como Fundación Santillana, dedicada desde hace varias décadas a aportar debate y reflexión con los que contribuir a mejorar la calidad de la educación, no puede quedarse al margen del impacto que la crisis sanitaria está provocando en la vida de escolares, profesores, centros educativos, familias y administraciones educativas.

No puede por su compromiso con la educación en Iberoamérica; no puede por su vocación de aportar voces y experiencias que enriquezcan los análisis y las propuestas; no puede porque estamos ante una situación absolutamente desconocida e inédita que necesita respuestas; no puede porque estamos ante una modificación del paradigma educativo; no puede porque lo que tenemos delante es un reto de enorme trascendencia para la forma de entender el concepto de educación.

 

¿Qué hemos hecho para afrontar esta situación?

Para afrontar la situación de emergencia y el confinamiento nos hemos visto forzados a improvisar sobre la marcha, a preguntar a colegas, a inventar soluciones, a utilizar herramientas con escasa competencia… Y, evidentemente, a sacar lo mejor de nosotros mismos como institución, como maestro, como padre de familia.

Y, como resultado, todos hemos tenido una nueva experiencia en la que también hemos extraído lecciones y obtenido aprendizajes. Por ejemplo, hemos conocido el valor de las tecnologías para la educación, cuestión de la que se llevaba hablando una década y media, y que no había sido capaz de encontrar su sitio en las aulas de una forma consolidada y sostenida.

 

El valor de la relación personal

Igualmente, podemos ilustrar esta vivencia con la realidad opuesta: hemos descubierto el infinito valor de la relación personal (con los profesores, con los compañeros), valor del que nos hemos tenido que ver privados para reconocer su importancia quizás, hasta ahora, escondida en la cotidianidad como una rutina más.

Algo tan sencillo como ir cada mañana a la escuela ha sido añorado; algo dado por descontado como contar con un maestro ha supuesto una ausencia difícilmente reemplazable. En definitiva, hemos aprendido en un doble sentido: sobre lo nuevo que ha irrumpido (la distancia) y sobre lo que ya teníamos y considerábamos en crisis de obsolescencia.

Deberíamos aprovechar la ocasión para hacer un ejercicio de equilibrio, huyendo tanto de visones apocalípticas como del efecto péndulo, tan propios ambos del mundo educativo. Y deberíamos sacar tiempo para reflexionar con calma y con profundidad, para abrir la comunidad educativa a otras voces, para involucrar a los políticos de la educación…

 

Un sistema educativo paralelo

Ya no quedan excusas para afrontar la definición de qué y cómo debe ser la educación del siglo XXI. ¿A qué más hay que esperar? Hemos vivido una transformación de dimensiones históricas con la globalización y la Sociedad de Internet; ahora nos hemos enfrentado a una pandemia que ha obligado a construir improvisadamente un sistema educativo paralelo, tarea para la que no estábamos capacitados.

La Fundación se imagina una vuelta a la normalidad (o a “la nueva normalidad”) donde se produzca de forma natural una convivencia entre la escuela existente (presencial) como la escuela tecnológica (digital, virtual, a distancia, asíncrona) para, entre ambas realidades, conformar “la educación que viene”. Y lo que ponemos en marcha es un programa para generar un punto de encuentro donde abordar esta cuestión.

 

Con muchas colaboraciones

Lo que obtengamos será un punto de vista, una propuesta que aspira a sumarse a otras, por lo que abordaremos esta iniciativa contando con la colaboración de instituciones y organismos internacionales. Las circunstancias, nunca antes vividas (quizás ni siquiera concebidas) han provocado que todos los agentes de la comunidad educativa se vean involucrados de igual manera en una experiencia educativa inédita lo que tendría que generar un “mínimo común”, un acuerdo tácito, en la necesidad de definir un nuevo paradigma, integrador, sintético, equilibrado donde cada forma de hacer educación tenga sus sitio por pertinencia (y no por modernidad), por eficacia (y no por la inercia de innovar por cambiar), por sentido pedagógico y educativo.

Es un momento decisivo. Es una reflexión obligada. Es una oportunidad de hacerlo dialogando. Es la ocasión de hacerlo sobre la experiencia vivida y no sobre teorías. Es una ocasión de hacerlo juntos y de hacer realidad esa aspiración de la Fundación Santillana: La educación que nos une.

Miguel Barrero, director de Educación de la Fundación Santillana.

Para conocer más sobre esta iniciativa, puede visitar la web https://laescuelaqueviene.org