La escuela nos permite «alzarnos sobre sus hombros», nos permite llegar un poco más lejos.
Inés Dussel, investigadora titular del DIE-CINVESTAV

Creo, veo, que el estado de las cosas
es más bien un sembrado de islotes
en archipiélagos sobre el ruidoso desorden
mal conocido del mar, cimas de
cantos desgarrados azotados por la resaca
y en perpetua transformación, desgaste, roturas y encabalgamientos,
emergencia de racionalidades
esporádicas cuyos vínculos entre sí
no son fáciles ni evidentes.
Existen pasajes, sé de ellos.

Michel Serres. El paso del Noroeste. 1991. p. 23

 

Para conversar con Inés Dussel hay que estar preparado. Requiere de la actitud del navegante o del aventurero. Es lo más parecido a iniciar un viaje de exploración por territorios agrestes, que han sido invisibilizados de tanto ser transitados, o que hemos dejado sistemáticamente de lado y nunca hemos recorrido por excesivamente alejados y periféricos. Conviene apagar el GPS, dejar en casa las guías de viaje y olvidarnos de las rutas precargadas. Hablar con Inés Dussel, requiere suspender por un tiempo muchas de nuestras ideas y cuestionar algunas de las certezas que nos paralizan. Aceptar su invitación es ir siempre más allá, buscar los pasajes y los vínculos que conectan muchas de las problemáticas y los desafíos que atraviesan hoy lo educativo. Requiere una disposición especial. Exige dar un paso adelante para visibilizar lo invisible, concentrarse y prestar atención ahora que todo nos distrae, mirar con ojos de entomólogo, atreverse a esbozar un mapa de lo importante pero también de lo minúsculo y lo insignificante, de lo raro y lo común. De aquello que es central, pero estando atento a lo periférico y lo olvidado. Hablar con Inés Dussel es tratar de profundizar siempre en lo difícil pero importante.

Es una de las voces educativas más sólidas y respetadas de Latinoamérica. docente e investigadora en el Departamento de Investigaciones Educativas del Cinvestav en México, colabora con numerosas universidades, instituciones y organizaciones transnacionales, y lleva más de 20 años ayudándonos a pensar mejor el sentido de la escuela, las aulas como dispositivos pedagógicos, el papel de la cultura digital, el papel de las tecnologías en la educación, las pedagogías de la imagen, el currículum y los espacios escolares.

Esta conversación tuvo lugar en medio de la pandemia provocada por la covid- 19[1], con las escuelas cerradas, las aulas vaciadas y la presencia escolar suspendida. Forma parte de una larga conversación coral sobre el sentido de la escuela, sobre los objetivos de la escolarización y los aprendizajes que debemos promover en la escuela que llevamos meses sosteniendo desde la Fundación Santillana. Es, en este sentido, una conversación igual a las anteriores, pero es también una conversación totalmente distinta. Es igual porque las preguntas que movilizan la conversación son las mismas. Es diferente porque nuestra sensibilidad, nuestra capacidad de análisis y el nivel de reflexión colectiva que la covid- 19 está provocando nos hace mirar muchos aspectos de manera diferente.

El confinamiento ha visibilizado las costuras que la escuela tenía más descosidas, las incoherencias de nuestros sistemas educativos, la irrelevancia de algunos discursos y lo mucho que aún tenemos que hacer a favor de una escuela equitativa y justa para todos y todas. Pero también nos ha puesto delante de los ojos lo mucho que se hace bien y muchos aspectos a los que no dábamos valor y que ahora cobran toda su importancia.

No poder ir y estar en la escuela, tener que vivir por unos meses sin escuela, tiene el poderoso efecto de recordarnos cuán importantes son las escuelas en nuestras vidas. Una vez más, la pandemia ha hecho más por concienciarnos sobre el lugar esencial que desempeñan las escuelas, y las maestras y maestros, en nuestra vida (y en el sueño de una vida mejor para todos y todas) que años de insistencia legislativa o de discursos moralizantes.

La situación, dice Inés Dussel, nos ha hecho ver que la escuela es más que el trabajo de hacer tareas y actividades. Que la escuela actúa como un umbral, construyendo un espacio otro, un espacio distinto. Que la escuela “opera como un pasaje”, como diría Walter Benjamin. Un pasaje hacia otros lugares y posibilidades. Un pasaje que cuestiona las herencias y los destinos prefijados, que es la vez puente que nos permite cruzar a la otra orilla y escala para alzarse sobre la inexorabilidad de lo dado. Para muchos niños, más aún para muchas niñas, la escuela es un lugar separado de la familia y de otras ocupaciones, plantea. Es el lugar para ser estudiantes, para dejar por un tiempo de ser hijos de o hermanas de. Un tiempo y un espacio en el que no tienen que “ocuparse de sus hermanitos”. La escuela, nos recuerda Inés Dussel, citando a Hannah Arendt, “permite alzarse sobre sus hombros, permite llegar un poco más lejos”. Por supuesto, alerta Dussel, “las desigualdades operan, pero creo que igual pueden alzarse un poco y llegar a otro lugar. Y ojalá llegar mucho más lejos.” En la escuela, descubrimos que el mundo no puede reducirse a la familia, al vecindario, a la región o al país. Que hay otros territorios más allá. La escuela es una invitación al viaje. Hacia el pasado permitiéndonos dialogar con otras voces, otras historias, otras vidas pasadas, y hacia el futuro equipándonos de los recursos necesarios para comprender el mundo y actuar sobre él.

En la escuela, continúa, hay mucho que pasa también, “por un estar juntos, por una copresencia de los cuerpos; hay mucho que pasa por cosas no verbales, por estar, mirarse, aprender de los otros, compartir cosas que no siempre están dichas.” La clase, decía hace unos días en la misma línea Philippe Meirieu[2], no es una yuxtaposición de estudiantes a quienes se les da trabajo individual, sino un espacio simbólico para construir lo colectivo y aprender a hacer sociedad. “Es una institución en la cual las relaciones entre las personas, el conjunto de la gestión diaria y todo el entorno material conspiran -desde el punto de vista etimológico respiran juntos- para instituir una forma particular de actividad humana basada en valores específicos: el reconocimiento de la alteridad, la exigencia de precisión, de rigor y de verdad, el aprendizaje conjunto de la construcción del bien común y de la capacidad de pensar por uno mismo[3]”.

 Esta situación también nos está permitiendo revalorizar, señala Inés Dussel, el papel fundamental de la escuela para dotarnos de esos lenguajes específicos que nos permiten comprender el mundo y actuar sobre él. La escuela “ayuda a que uno se pueda aproximar a esos lenguajes e ir construyendo, como con andamios, para poder apropiarse de lenguajes más completos, más sofisticados”. La escuela nos permite mirar el mundo a través de otros cristales, desde otras miradas que no son la propia. Viajar equipados y hacerlo con otros. “Nos provee, también, de ciertas experiencias de qué es lo común, de qué es importa, qué modos tengo de dirigirme al otro, cuándo tomar la palabra, cuándo no tomar la palabra”.

Os dejo con Inés Dussel y con esta última idea para repensar, una vez más el sentido de la escuela y del cambio educativo: “No estoy a favor de conservar la escuela tal como está  —creo que hay un montón de cosas que tenemos que revisar—, pero tampoco me gusta este discurso modernizador que busca arrasar con todo y desmantelar la escuela en lo que tiene precisamente de espacio potencialmente más emancipador, un espacio, como decías, más de la esperanza, de poder desarrollar, avanzar un poco sobre mis propias posibilidades iniciales”.

Carlos Magro
@c_magro

 

[1] Con más 1600 millones de niños de 188 países (mediados de abril de 2020) afectados.

[2] Philippe Meirieu (16/5/2020) Philippe Meirieu : L’école à distance n’est pas l’école  https://www.lunion.fr/id150833/article/2020-05-16/philippe-meirieu-lecole-distance-nest-pas-lecole

[3] Philippe Meirieu (2018). Carta a un joven profesor. Por qué enseñar hoy. Graò. p. 95