"Solo diremos que hemos ayudado a que una alumna sea más competente en la medida en la que apropiarse de un conocimiento, un saber cultural, le permita actuar ahora en el mundo de una manera distinta"
Elena Martín Ortega, catedrática de psicología evolutiva y educación de la Universidad Autónoma de Madrid

¿Qué hace que una escuela sea una escuela? ¿Qué diferencia la escuela de otros entornos de aprendizaje? ¿Qué la hace especialmente valiosa? ¿Qué nos da la escuela que no nos dan otros contextos educativos?, se pregunta nuestra invitada Elena Martín, Catedrática de Psicología Evolutiva y de la Educación de la Universidad Autónoma de Madrid, y una de las más importantes referentes educativas españolas de las últimas décadas.

Una pregunta que ha articulado a los diferentes (muchas veces opuestos) movimientos de crítica, defensa, renovación, reforma y cambio de la escuela de los últimos cien años, que han tratado sistemáticamente de abrir un debate sobre el sentido de la educación y la finalidad de la escuela.

La escuela (que significaba para los griegos tiempo libre) “ofreció tiempo libre, tiempo no productivo, a quienes por su nacimiento y por su lugar en la sociedad no tenían derecho a reinvindicarlo.[1]” La escuela estableció un tiempo y un espacio, desvinculado del tiempo y el espacio de la sociedad y del hogar.  Lo más importante que hace la escuela es suspender un presunto orden natural desigual, sostienen Jan Masschelein y Maarten Simons en su ya clásico (a pesar de ser reciente), En defensa de la Escuela (2014).

Lo que diferencia a la escuela, dice Jorge Larrosa dialogando a su vez con la idea de Masschelein y Simons, es que sería el lugar en el que los seres humanos pueden salir, por un tiempo, de su condición, pueden ser como cualquier otro, y pueden imaginar la posibilidad de ser cualquier cosa.

A la escuela, añade por su parte Elena Martín en esta entrevista, no vamos a solucionar problemas, a la escuela vamos a entender por qué los solucionamos. La escuela no nos da solo conocimientos sobre el mundo, ni conocimientos exclusivamente funcionales, nos da la posibilidad de comprender el mundo. O, dicho de otra manera, y en palabras de nuevo de Elena Martín, la característica esencial de la escolarización es hacer que las personas no solo actúen, sino que reflexionen sobre su acción. Que no es otra cosa que aquello sobre lo que tanto insistió el filósofo pragmatista y pedagogo norteamericano John Dewey cuando decía que no es que aprendamos haciendo, sino que aprendemos haciendo y reflexionando sobre lo que hemos hecho.

O, como la misma Elena Martín nos recuerda, la idea piagetiana de que el conocimiento no es la acción, sino la reflexión sobre la acción. La comprensión pasa por la reflexión y ese proceso, esa capacidad o meta-capacidad es una de las principales aportaciones de la escuela a nuestro desarrollo.

Aprendemos reflexionando, investigando, probando hipótesis, contrastando datos, volviendo a hacer, reflexionando de nuevo, investigando más. Aprendemos comprendiendo y problematizando la realidad. Aprendemos haciéndonos preguntas y buscando respuestas. Aprendemos también equivocándonos. Lo que tiene, por cierto, implicaciones importantes en aspectos claves de lo escolar como el currículo, en las metodologías, en la evaluación, en la capacidad para atender la diversidad (para conseguir lo mismo con personas diferentes, hay que hacer cosas diferentes, dice Elena Martín).

Volviendo sobre nuestra pregunta inicial, la escuela sería, entonces, el espacio (y el tiempo) de las posibilidades, un lugar privilegiado donde combatir, como decíamos, el supuesto orden natural de las cosas, y un lugar donde promover destinos no trazados de antemano (Carlos Skliar). Para hacer eso, dice Elena Martín, la escuela desarrolla la capacidad humana de reflexión sobre la acción (también las propias), que es la que, al final, nos permite no solo comprendernos, sino también transformarnos como personas, no solo entender el mundo que nos rodea, sino también ponernos en disposición de transformarlo.

La escuela nos abriría así el camino hacia la emancipación, abriéndonos un tiempo y un espacio y permitiéndonos desarrollar unas competencias de comprensión del mundo (por tanto también de aprehensión del mundo y de una cultura común), pero también o, sobre todo, de transformación de ese mismo mundo.

“Solo diremos que hemos ayudado a que una alumna sea más competente en la medida en la que apropiarse de un conocimiento, un saber cultural, le permita actuar ahora en el mundo de una manera distinta”. Sostiene Elena Martín en esta conversación en la que dice muchas otras cosas. Os dejo con ella, espero que os guste.

[1] Masschelein & Simons. En defensa de la escuela.

Bibliografía

  • Jan Masschelein y Maarten Simons (2014). Defensa de la escuela. Una cuestión pública. Buenos Aires. Miño & Dávila.
  • Jorge Larrosa (2019). Esperando no se sabe qué. Sobre el oficio de profesor. Barcelona. Editorial Candaya.
  • Carlos Skliar (2019). Pedagogía de las diferencias. Buenos Aires. Noveduc.