Una reflexión sobre los fines de la educación es una reflexión sobre el destino del ser humano.
David Martín, Director de Emprendimiento con Impacto Social y profesor de la Universidad UCJC

El diálogo sólo existe cuando aceptamos que el otro es diferente y puede decirnos algo que no sabemos.

Paulo Freire[1]

No suelo hablar de cambiar la educación, sino de educar para el cambio.

David Martín

 

“La pregunta abre una grieta en la muralla con que tendemos a protegernos del mundo”, sostiene Josep Maria Esquirol[2] en su magnífico ensayo El respeto o la mirada atenta. Lo que la pregunta efectúa en el sujeto que interroga, continua, es cambiar su mirada. La pregunta supone, en definitiva, un poner al descubierto la problematicidad esencial de las cosas, lo que, a su vez, significa la ruptura de la normalidad[3]. Nos saca de nuestro lugar. Nos descoloca.

Preguntar es pensar. La pregunta agudiza, estimula y refuerza la curiosidad. Para preguntar hay que querer saber. Requiere una actitud. Por el contrario, una educación de la respuesta “no ayuda nada a la curiosidad indispensable para el proceso cognitivo. Al contrario, resalta la memorización mecánica de los contenidos[4]”.

La pregunta es, entonces, un acicate para agudizar la atención, pero, a su vez, a resultas de la atención pueden surgir nuevas preguntas, sigue Josep Maria Esquirol.[5] Preguntar, al fin y al cabo, es abrir. La pregunta nos abre al conocimiento. El origen del conocimiento, decía Freire, está en la pregunta. Preguntar genuinamente sobre algo es también comenzar una conversación. Nos sitúa ante la posibilidad de intercambio y reconocimiento de otros. Es abrirse a los otros. Es exponerse y arriesgarse.

En lugar de la escuela de las respuestas, dice David Martín en esta conversación, la escuela debe preguntar, debe ser, ante todo, una escuela de las preguntas. Solo una educación de la pregunta estimula nuestra capacidad para asombrarnos, responder a ese asombro, ser creativos y cambiar las cosas. Las preguntas siempre abren posibilidades, facilitan el diálogo y nos empujan a la acción reflexiva. Las respuestas, por su lado, dan por cerrados los debates, en muchos casos certifican lo existente, nos mantienen en la normalidad, en el mismo lugar, y, cuando no, nos lanzan a una acción irreflexiva y casi siempre inútil, cuando no directamente contraproducente.

El error de una educación de la respuesta, dice Freire, no está en la respuesta sino en la ruptura entre ésta y la pregunta.[6]” Asistir a la escuela sería asistir al lugar de las preguntas. Debería ser el lugar para aprender a preguntar(se). Preguntar y responder son caminos constitutivos de la curiosidad. La escuela debería ser el lugar del asombro, la pregunta y el diálogo con las cosas. Las tres actividades son, a la vez, muestras del ejercicio de la atención y lo que la incrementa[7].

El tiempo escolar es un tiempo para prestar atención al mundo[8]. Ir a la escuela es, sobre todo, tener tiempo para demorarse en algo, para detenernos en algo. Ir a la escuela es, o debería ser, aprender a prestar atención. La escuela nos hace atentos. La enseñanza sería entonces un conjunto de procedimientos dirigidos a capturar la atención, orientarla, disciplinarla, dirigirla y formarla[9].

El pulso de la enseñanza es la persuasión. El profesor solicita atención, acuerdo y, óptimamente, disconformidad colaboradora[10]. “Formar la atención (esa que reposa sobre un doble amor, el amor al mundo y el amor a la nueva generación), a través de las prácticas disciplinadas que la hacen posible[11]”, es una de las operaciones pedagógicas que hace la escuela. La escuela es un lugar para atender (juntos) a otras cosas y para aprender (a esas cosas) de otro modo[12].

La escuela, iniciándonos en la pregunta y formándonos en la atención, nos pone ante el mundo. La escuela abre ventanas, descubre mundos y nos expone al mundo. La escuela nos enseña a mirar. Nos enseña a ver de una cierta manera. Esa es precisamente la gran competencia que, según David Martín, deberíamos trabajar en la escuela: enseñarnos a “poner el acento, el foco, en los problemas, en las preguntas, en el cuestionamiento, en la crítica de la realidad*”.

La escuela también nos hace visible lo invisible (lo que no conocíamos), pero también lo visible (nos ayuda a ver lo conocido, pero de otra manera). No sólo nos hace conocer las cosas, también nos pone en relación y nos vincula con las cosas. Nos pone, además, en disposición de poder prestar atención compartida hacia las cosas del mundo.[13]

Prestar atención a algo o a alguien es tener consideración por ese algo o alguien. La atención es una expresión del respeto. Respetar (respectare) es etimológicamente mirar hacia atrás, volver los ojos, observar insistentemente. Es el primer movimiento con significación ética[14]. La escuela nos enseña a mirar. Pero no vale cualquier tipo de mirada. Es una mirada enfocada, con un sentido. Mirar pasa por aprender a prestar atención. En la escuela no se trata de elecciones y necesidades, tampoco de desarrollo, motivación o intención, sino de atención y encuentro.[15]

Hoy en educación (cuando hablamos de educación, pero también cuando educamos) abundan, desgraciadamente, las respuestas y escasean las preguntas. La presión del día a día hace que dediquemos mucho tiempo a los métodos y poco a reflexionar sobre las metas. Y aunque sabemos que medios y metas están intrínsecamente conectados, debemos dedicar más tiempo a hacernos preguntas, sostiene David. Todo empieza con una pregunta: ¿por qué educamos?, Y así sucesivamente. ¿Para qué educamos?, ¿para el empleo?, ¿para ser felices?, ¿para un futuro desconocido? ¿Para quién educamos?, ¿para las empresas?, ¿para el alumnado? ¿En contra o a favor de qué? ¿Dónde se educa? ¿Cómo? ¿Quién?, así comienza el libro ¿Por qué educamos?[16] de David Martín.

Si no queremos entregar la responsabilidad de nuestros procesos y prácticas educativas a abstractos sistemas de medición y aspiramos a mantener un control democrático sobre ellas y sobre las maneras en las que evaluamos su calidad, es urgente que se lleve a cabo un debate sobre aquello que nuestros esfuerzos educativos deberían tratar de conseguir[17]. Es urgente que nos hagamos estas preguntas que plantea David Martín. Es urgente preguntarnos por los fines de la educación.

Una reflexión sobre los fines de la educación es, en el fondo, una reflexión sobre el destino del ser humano, sostiene David Martín. Es pensar “qué tipo de futuro queremos, y cómo lo vamos a construir”. Debemos recuperar el debate sobre los fines de la educación, entre otras cosas, porque la educación, a diferencia del aprendizaje, está siempre enmarcada por un telos, es decir, por un sentido de propósito –lo que significa que los maestros siempre necesitan hacer juicios acerca de lo que es deseable en relación con diferentes propósitos que enmarcan su práctica[18].

La educación nos debe permitir “decidir la clase de persona que queremos ser y la clase de mundo en el que queremos vivir, diferenciar con claridad los intereses de los que partimos para abrirnos a nuevos intereses que amplíen nuestro horizonte personal, superar la satisfacción de los deseos inmediatos para dar cabida a los deseos deseables, es el núcleo de todo proceso realmente educativo, que es de lo que debe tratar fundamentalmente la escuela.”

La escuela puede ser un factor para la transformación o para la exclusión, pero no es ni una institución neutra ni una institución reproductora. “No podemos permitirnos estar generando ciudadanos y ciudadanos que no ponen en marcha sus capacidades para mejorar el mundo”, dice David Martín. La educación nos debe poner todo el tiempo a preguntarnos, rehacernos, indagarnos[19].

Preguntarnos por el qué tenemos que aprender (objeto final de esta conversación) es preguntarnos por los fines de la educación. Es preguntarnos ¿Por qué educamos?. “Solamente cuando tenemos claridad en lo que queremos lograr a través de nuestros esfuerzos educativos es posible tomar decisiones significativas sobre el qué y el cómo de tales esfuerzos, es decir, decisiones sobre los contenidos y los procesos.[20]

Es un debate muy de fondo que tiene poco que ver con la metodología y que tiene mucho que ver con para qué las vamos a poner en marcha, sostiene David. Porque siempre hay un elemento ético que tiene que ir de la mano de todo propósito educativo. Educamos para eso, educamos para mejorar el mundo, educamos para construir una sociedad mejor que la que tenemos. La educación tiene un componente ideológico claro, casi utópico, sostiene David Martín. La educación nos debe permitir “ser, preguntar, discutir, intervenir; en suma, ser un humano decente”, decía Freire[21].

Educamos para la libertad, como defendía el mismo Freire. Y ese educar para la libertad implica lucha y esfuerzo como escribió el poeta Miguel Hernández[22] y cantó Joan Manuel Serrat[23]. Educar para libertad requiere combinar, decía Freire, “el conocimiento crítico de lo real con la alegría de vivir […] Ni aceptar la omnipotencia ingenua de una educación que lo hace todo, ni aceptar la negación de la educación como algo que no hace nada, pero aceptar la educación en sus limitaciones[24]”.

Termino con unas palabras de Marina Garcés y os dejo con esta conversación con David Martín[25], espero que os guste.: “Es muy posible que no sepamos muy bien qué es educar, o qué puede llegar a ser. Pero sí sabemos a lo que no puede renunciar la educación: a encender el deseo de pensar, a abrir las puertas de este deseo a cualquiera y a asumir las consecuencias de este deseo compartido desde la igualdad.[26]

Carlos Magro
@c_magro

 

[1] Paulo Freire (). Por una pedagogía de la pregunta. P. 57

[2] Josep Maria Esquirol (2006). El respeto o la mirada atenta. Barcelona: Gedisa Editorial. p. 91

[3] Josep Maria Esquirol (2006). El respeto o la mirada atenta. Barcelona: Gedisa Editorial. p. 91

[4] Paulo Freire (1997). A la sombra de este árbol. Barcelona: El Roure Editorial. p.19

[5] Josep Maria Esquirol (2006). El respeto o la mirada atenta. Barcelona: Gedisa Editorial.

[6] Paulo Freire (1997). A la sombra de este árbol. Barcelona: El Roure Editorial. p.20

[7]  Josep Maria Esquirol (2006). El respeto o la mirada atenta. Barcelona: Gedisa Editorial. p. 84

[8] Jan Masschelein y Maarten Simons (2014). En defensa de la escuela. Una cuestión pública. Buenos Aires: Miño y Dávila

[9] Jorge Larrosa (2019). Esperando no se sabe qué. Sobre el oficio de profesor. Barcelona: Candaya. p.187

[10] George Steiner (2016). Lecciones de los maestros. Madrid: Ediciones Siruela p.32

[11] Jan Masschelein. Hacer escuela. La voz y la vía del profesor. En Larrosa, J.; Rechia, K.C.; Cubas C. J. (2020). Elogio del profesor. Barcelona. Miño y Dávila. p.17

[12] Jorge Larrosa (2019). Esperando no se sabe qué. Sobre el oficio de profesor. Barcelona: Candaya. p.191

[13] Fundación Santillana (2020). La escuela que viene. Reflexión para la acción. P.110. Disponible https://laescuelaqueviene.org/wp-content/uploads/2020/07/FS150620-entregable-laescuelaqueviene.pdf

[14] Josep Maria Esquirol (2006). El respeto o la mirada atenta. Barcelona: Gedisa Editorial. p.16

[15] Masschelein, J. (2019). La escuela como práctica y tecnología de la pertenencia al mundo. Praxis & Saber, 10(24), 387-399

[16] David Martín (2017). ¿Por qué educamos? Conversaciones con expertos. Madrid: LID Editorial

[17] Gert Biesta (2014). Medir lo que valoramos o valorar lo que medimos. Pensamiento Educativo. Revista de Investigación Educacional Latinoamericana, 51(1), 46-57. Disponible aquí http://pensamientoeducativo.uc.cl/index.php/pel/article/view/618/1259

[18] Gert Biesta (2016). Devolver la enseñanza a la educación. Una respuesta a la desaparición del maestro. Pedagogía y Saberes No. 44 Universidad Pedagógica Nacional Facultad de Educación. 2016. pp. 119–129, p. 121

[19] Paulo Freire (2016). El maestro sin recetas. El desafío de enseñar en un mundo cambiante. Buenos Aires: Siglo XXI. p.47

[20] Gert Biesta (2016). Devolver la enseñanza a la educación. Una respuesta a la desaparición del maestro. Pedagogía y Saberes No. 44 Universidad Pedagógica Nacional Facultad de Educación. 2016. pp. 119–129, p. 123

[21] Paulo Freire (2016). El maestro sin recetas. El desafío de enseñar en un mundo cambiante. Buenos Aires: Siglo XXI. p.75

[22] Segunda estrofa de poema El Herido de Miguel Hernández, incluido en el libro El hombre acecha escrito entre 1937 y 1938 y publicado por primera vez en 1981

[23] Para la Libertad en el disco titulado Miguel Hernández de 1972.

[24] Paulo Freire (2016). El maestro sin recetas. El desafío de enseñar en un mundo cambiante. Buenos Aires: Siglo XXI. p.47

[25] David Martín ha trabajado para UNICEF, ha sido director de la Fundación Ashoka en España. Es autor del libro ¿Por qué educamos? (LID, 2017) y actualmente es el Director del Máster en Emprendimiento con Impacto Social y Director del área de Carreras Profesionales de la UCJC.”

[26] Marina Garcés (2013). Un mundo común. 2013. Barcelona: Edicions Bellaterra. p.96

* Los entrecomilldados sin referencia se corresponden con citas de la conversación con David Martín