“Debemos pasar de lo que tenemos que aprender a las personas que queremos construir, las personas que queremos impulsar, las personas que queremos potenciar”
Alfredo Hernando, psicólogo y creador del proyecto escuela21.org

La escuela, dice Alfredo Hernando en esta entrevista, es el instrumento que las sociedades hemos creado para lograr que las personas desarrollemos proyectos vitales completos a través del desarrollo de cuatro grandes ámbitos. En primer lugar que seamos competentes (estemos alfabetizados, sepamos hacer facturas, sepamos sobre nuestra historia, sepamos sobre el origen de la vida); en segundo lugar, que aprendamos a convivir  con otras personas y podamos incorporarnos a una sociedad democrática; en tercer lugar, que aprendamos a vivir en el mundo, tanto en el cercano (lo local), como en el lejano (lo global); y por último, la escuela también un papel en el desarrollo de nuestro perfil profesional.

Lograrlo pasa por centrar el currículum en la persona y esto significa en las competencias y en las habilidades más que en los contenidos. Pasar de la idea de qué tenemos que aprender, a qué tipo de personas queremos construir y potenciar.

Los sistemas educativos viven, sostiene Alfredo Hernando en esta conversación, es una especie de paradoja entre lo que se declara en leyes, reglamentos, discursos y la realidad que sucede en muchas aulas y escuelas. Hay es una brecha entre lo que declaramos y lo que obtenemos, entre lo que queremos y lo ponemos explícitamente en el currículum, y lo que finalmente logramos.

Así no hay prácticamente ninguna ley que empiece señalando la necesidad de desarrollar un pensamiento crítico en los alumnos, que sean ciudadanos que sepan tomar sus propias decisiones, anticiparse, mejorar y conservar el mundo, cuidar el medioambiente, respetar los derechos, las libertades, la diversidad…pero, paradójicamente, se produce una ruptura entre estas intenciones y la manera que tenemos de organizar la educación en la escuela.

Es difícil encontrar una relación directa entre los contenidos organizados en materias con estas competencias que son más sociales, emocionales, de transformación social. Ambos aspectos están en nuestros currículos pero mientras los primeros llevamos años trabajándolos y lo hacemos bien en la escuela, las competencias y las habilidades no acaban de encontrar su lugar ni en el horario escolar, ni en la forma de transmitirlas.

Al no haber un área directa, se produce una “evasión” de muchas de estas competencias que ocupan, sin embargo, las páginas introductorias de las leyes educativas de todos los lugares del mundo. La pregunta entonces es ¿dónde está eso en el tiempo, en el espacio, en las actividades que le dedicamos en una semana con nuestros alumnos? ¿cómo hacemos esa transformación y esos logros y esa capacidad de los proyectos educativos de adaptarse a las personas y de poner todas estas dimensiones de las personas semanal y trimestralmente en la importancia que tienen?

La evidencia, el motor y el último destino de la innovación educativa son los alumnos.»

Alfredo Hernando repasa alguna otras de las aparentes (en nuestra opinión falsas) disyuntivas que nos han acompañado en el debate educativo en las últimas décadas. Por ejemplo, la que enfrenta la autonomía del alumno sobre su aprendizaje frente a la necesidad también de que los docentes diseñen experiencias intencionales que ayuden a los alumnos en su proceso de aprendizaje. En este sentido la pregunta sería cómo generamos un balance entre el alumno que es responsable de su proceso, y los docentes como diseñadores de la experiencia de aprendizaje. ¿Cuál es el equilibrio entre cesión y control?

Lo que de alguna manera nos vuelve a llevar al comienzo de la entrevista cuando hablábamos de centrar el proceso en el que aprende. En este sentido, Hernando sostiene que todos los centros educativos que están iniciando procesos de transformación acaban por poner en el centro de su proceso de transformación a los estudiantes. O en otras palabras, que la evidencia, el motor y el último destino de la innovación educativa son los alumnos.

No es fácil, por último, elegir tres entre las muchas “habilidades” que se enumeran en los numerosos marcos de habilidades para el siglo XXI existente hoy, pero Hernando finalmente se centra en tres para él especialmente relevantes: la creatividad, la curiosidad y el optimismo realista.

Tres habilidades que fortalecen, precisamente, la capacidad que le presuponemos (y deseamos) a la escuela para transformar personas, transformar realidades vitales y transformar nuestras sociedades y que están en consonancia con otra de las ideas que plantea Hernando durante la entrevista al afirmar que puede ser que nos quedemos sin sistemas educativos, pero es inviable que nos quedemos sin escuelas.