La educación y el contexto profesional del siglo XXI

Man standing hesitating to make decision

En un mercado laboral cambiante, debemos preparar a los jóvenes para tener cada vez mayor autonomía. Así piensa Juan José Juárez, coordinador nacional del proyecto de Orientación Profesional de la Fundación Bertelsmann. En este artículo, Juárez les invita a no perder su capacidad para explorar y sostiene que para poder orientarlos en un futuro laboral incierto es necesario que tengan también capacidad para autoorientarse, autoconocerse y reinventarse. Solo así estarán preparados para tomar las mejores decisiones.

El entorno de mercado de trabajo al que hoy ya se enfrentan los jóvenes se enmarca en lo que el sociólogo polaco Zygmunt Bauman definió en el año 1999 como un “entorno líquido” refiriéndose a una sociedad en continuo cambio y caracterizada por un desconocimiento del futuro en lo que a economía y mercado laboral se refiere.

 

El trabajo líquido es una nueva tendencia, propia de nuestra era tecnológica, que surge para  adaptarse a un mercado laboral cambiante. Se trata de una nueva forma de plantear las relaciones laborales que rompe con patrones de la era industrial como la jerarquía, los horarios fijos, la estabilidad laboral o la relación exclusiva entre un empleado y su empleador.

 

En el trabajo líquido lo realmente importante es el valor que aporta en cada momento una  persona concreta, mediante sus habilidades laborales y conocimientos específicos. Por esto, en este nuevo contexto, cada profesional ha de ser consciente de la naturaleza del mercado y trabajar para formarse como individuo, no tanto como empleado.

 

El objetivo del trabajador líquido

 

Esto supone que el objetivo final de un trabajador líquido es convertirse en un activo para las empresas y/o de manera posiblemente alternada, crear también su propia oportunidad profesional, pero siempre desde la colaboración con otros profesionales con talento, para construir y actualizar cada día su propio perfil profesional y por lo tanto su futuro laboral.

 

Si hoy en día esta es la tónica general que afecta a las generaciones que acaban de entrar al mercado laboral hace unos pocos años, como es el caso de los millennials (jóvenes que llegaron a su vida adulta con el cambio de siglo), hemos de pensar cómo de complejo podrá ser el entorno laboral al que se enfrentará la siguiente generación, o generación Z, que aún está en nuestras aulas. Por eso, la educación, y también la orientación profesional, han de preparar a los jóvenes para un entorno que les exigirá, sin duda, una mayor autonomía y a la vez mayor colaboración.

 

Cómo preparar mejor a los jóvenes

 

Dicho esto, ¿cómo podemos contribuir cada uno de nosotros y de nosotras a esta misión? ¿Cómo identificar los recursos, enfoques y perspectivas adecuados para preparar lo mejor posible a los jóvenes para este futuro? Mi propuesta en este artículo no es otra que nos hagamos todos, nosotros mismos y nuestras instituciones, un poco más “líquidos”, es decir más flexibles y a la vez integrados, para estar mejor preparados para abordar el reto y tener una perspectiva más adecuada.

 

Según Wikipedia, líquido “es un estado de agregación de la materia en forma de fluido altamente incompresible, lo que significa que su volumen es, bastante aproximado, en un rango grande de presión. Es el único estado con un volumen definido, pero no con forma fija”.

 

Esta estimulante y compleja definición nos pone bastante en sintonía con la magnitud del reto, ya que hemos de partir de que vamos a tener que orientar a los jóvenes bajo un marco de incertidumbre, pero eso no debe de paralizarnos pues, como los líquidos, el volumen (en nuestro caso las capacidades y competencias que han de adquirir los jóvenes) tienen un volumen bastante aproximado y su “forma”, es decir, cómo se adquieren y se ejercitan esas competencias, tampoco tiene una forma fija.

 

Al igual que un líquido está formado por pequeñas partículas unidas por enlaces moleculares, nuestra estrategia sobre la orientación profesional ha de poner el foco en cada una de las partículas o actores clave (orientadores y profesores, familias, jóvenes y empresas) y facilitar materiales, metodologías y procesos para que estos actores interactúen entre sí.

 

Pero pasemos de la física a la dimensión social y profundicemos un poco en cómo podemos adaptar y mejorar nuestros programas educativos.

 

La orientación como proceso experiencial

 

Según Jean Piaget, psicólogo y biólogo suizo, así como figura clave de la Teoría Constructivista del Aprendizaje, al aprender de manera activa la persona va adquiriendo experiencias que almacena en su cerebro. Según Piaget, “todas estas experiencias de aprendizaje se agrupan de manera organizada, formando estructuras que se conectan con otras que ya existían. De esta forma la estructura mental está en constante construcción”.

 

La base del aprendizaje, y el proceso de orientación, no deja de ser aprendizaje en sí mismo y, por lo tanto, la clave está en las experiencias educativas que vivamos y en las conexiones que establezcamos entre ellas.

 

Por otro lado, según nos ayuda a entender Eduardo Punset en sus obras divulgativas, “gracias a las modernas técnicas de neuroimagen, hoy sabemos algo trascendental sobre el órgano más importante que portamos en nuestro interior, y que antes ignorábamos: la experiencia influye en la estructura del cerebro. No es que lo que nos ocurre afecte a nuestra forma de pensar; es que, directamente, cambia la manera como se entrelazan las neuronas entre sí”.

 

Un proyecto vivo e integral del centro educativo

 

Las enseñanzas de ambos expertos nos llevan a enfocar el proceso de orientación como un proceso experiencial y a proponer a los centros educativos que lo estructuren como tal, pues así tendrá impacto en la visión del joven sobre sí mismo y sobre su futuro profesional. Para ello, la orientación ha de verse como un proyecto vivo e integral de centro educativo, que trascienda las funciones, capacidades y recursos de un departamento de orientación y pase a ser asumido como una línea estratégica y transversal de todo el centro.

 

Las actividades de orientación profesional que se diseñen en el centro deben propiciar la participación no solo del orientador sino de toda la comunidad educativa. Nos referimos aquí no solo a los orientadores y tutores, sino a los profesores de asignatura, familias, empresas y otros agentes. Se trata pues, de que todos los actores trabajen alineados y con un objetivo claro: ayudar a los alumnos a definir su proyecto profesional, que sin duda deberán de enriquecer y adaptar a lo largo de toda su vida.

 

 

Un buena orientación precisa de 3 competencias clave

 

Las diferentes etapas educativas que atravesará el joven, y su propio proceso de madurez, conllevan un sinfín de decisiones, mucho más trascendentes para su vida de lo que el joven imagina. Por eso, enseñar a los alumnos a conocerse a sí mismos, analizar información y tomar decisiones desde las edades más tempranas en cuestiones de trayectoria académico-profesional es clave para que, cuando en el futuro se encuentren ante una decisión, tengan adquiridas esta serie de competencias clave que les permitirán elegir de forma consciente.

 

A la hora de abordar una decisión, el proceso lógico que por lo general seguimos es el siguiente: buscamos información, relacionamos ideas, investigamos para reacomodar esta nueva información en nuestra mente y, cuando logramos aclarar nuestras preguntas, cuando resolvemos la ecuación, es cuando decidimos. Es por ello que todo proceso de orientación debe invitar al joven a que explore, investigue, busque y procese información sobre su entorno, perspectivas, tendencias, etc.

 

La importancia del autoconocimiento

 

El primer paso, naturalmente, es que el joven pueda conocerse en profundidad, que sea consciente de sus intereses, fortalezas y debilidades, para así poder identificar oportunidades de mejora; ha de identificar cuáles son sus valores y motivaciones como persona, qué le interesa y aprende sin esfuerzo. Esto si cabe toma más relevancia en la incertidumbre del escenario laboral “líquido” que van a vivir nuestros estudiantes y para el que necesitarán tener clara su imagen o “marca personal” y así poder adaptarse al cambiante contexto.

 

Es vital que los jóvenes acaben desarrollando la capacidad para autoorientarse y tomar decisiones, pues las tendencias nos indican que a lo largo de la vida perderán o cambiarán de empleo entre 12 y 15 ocasiones y por lo tanto ya no les vale con “acertar con el grado o ciclo formativo que quieren estudiar” sino que deberán ser capaces de autoconocerse, analizar periódicamente su entorno y reinventarse para adaptar su estrategia profesional en múltiples ocasiones a lo largo de su vida.

Juan José Juárez, coordinador nacional del Proyecto de Orientación Profesional Fundación Bertelsmann