Ainara Zubillaga: las 3 lecciones aprendidas sobre innovación educativa y COVID-19

Estamos asistiendo a un periodo de innovación forzosa y forzada, que inunda el sistema educativo y los centros. Se han ensayado fórmulas excepcionales para abordar una situación sobre la que jamás se especuló: qué pasa si la escuela cierra.

La relación entre el impacto de la pandemia y la innovación educativa es evidente… y difícil. Evidente, porque no hace falta más que mirar los testimonios de profesores, alumnos y familias durante los tres meses de cierre de las escuelas, los mails que los centros educativos están enviando con las instrucciones sobre cómo va a ser el curso que acaba de empezar, o cómo se han planificado las respuestas no a un único escenario, sino a varios que, probablemente, se sucedan de forma simultánea.

Testimonios, instrucciones y respuestas que evidencian que la innovación educativa se ha abierto paso en la vida escolar, sin querer y queriendo, buscada o sobrevenida, pero en todo momento necesaria. Y esta dualidad es lo que la convierte en difícil.

La primera en llamar a la puerta de la innovación ha sido la tecnología, una de las grandes protagonistas de esta pandemia, y no solo en el ámbito educativo. Se ha revelado como aliada (ha permitido que el aprendizaje continúe, a pesar del cierre de las escuelas), pero también se ha convertido, en algunos casos, en la primera barrera de acceso al mismo (brecha digital).

Sin la tecnología todo habría ido peor

A pesar de ello, si cuando la escuela cerró, la educación pudo continuar, fue gracias, en gran parte, al apoyo y la mediación de la tecnología, incluso a pesar de la evidente brecha digital. Sin la tecnología la pérdida de aprendizaje hubiera sido mucho mayor, y eso es una realidad incuestionable.

Pero este reconocimiento no supone que la tecnología implique necesariamente innovación. Es más, en ocasiones la tecnología disfraza de innovación cosas que no lo son:

“El cierre de escuelas ha obligado a ensayar fórmulas para mantener el aprendizaje a distancia, y la tecnología -que en ocasiones disfraza de innovación “lo de siempre” bajo otro soporte-, ha generado la idea de que la innovación educativa ha llegado a casi todos los centros para quedarse. Pero lo cierto es que de todo lo que se ha hecho -y ha sido mucho- algunas cosas son innovación y otras mimetismo o reproducción, es decir, “lo de siempre” pero en formato digital. Igual que volverse digital no es dar una clase de una hora frente a la cámara -, innovación también es diseñar una rúbrica de coevaluación junto a las familias. Asimilar tecnología como innovación implica el riesgo de mirar primero el cómo antes que el qué, lo que conduce a perder el foco” (Zubillaga, 2020).

Los grandes aprendizajes

Pero ¿qué hemos aprendido?, ¿qué nos queda de lo vivido?, ¿que ha llegado para permanecer, y qué debemos integrar en lo que hagamos a partir de ahora? En esta evidente y difícil relación entre innovación y pandemia, podemos extraer tres lecciones:

  1. La brecha entre Administración y la práctica educativa se ha agrandado aún más. Mientras la Administración educativa asistía perpleja a todo lo que ocurría, y ofrecía en su gran mayoría grandes directrices de cómo proceder (algunas de ellas incompatibles con las realidades de los centros), la innovación se abría camino en los centros, nacía de la necesidad y urgencia del profesorado y los equipos directivos por dar una respuesta a los alumnos y a las familias. Más que en ningún otro momento, el proceso ha sido de abajo a arriba, de las aulas a los despachos, y la acción y la proactividad ha tenido como protagonista al profesorado y los centros educativos. Ahora la Administración tiene la oportunidad de minimizar esa brecha, y no solo a través de las propuestas innovadoras en la definición de políticas públicas, sino en cómo han de gestionar las innovaciones que surgen en la práctica. La llamada a la innovación de centros y profesorado ha de acompañarse de una flexibilidad por parte de las administraciones educativas que, al menos, no la dificulte o imposibilite. En palabras de Hargreaves (2020), “no mostremos lo peor de nuestras burocracias. No permitamos que los docentes tengan que esperar a que las direcciones, las inspecciones o los ministerios decidan antes de poder hacer cosas. Los docentes deben estar autorizados a ser los héroes del aprendizaje”.
  2. El rol que ha jugado la tecnología evidencia que es necesaria una respuesta acorde al mismo en el diseño de próximas políticas educativas: dotación y equipamiento sí, pero también formación y acompañamiento. La digitalización del sistema educativo no es nueva, ni surge como consecuencia del cierre de las escuelas; es un proceso de medio-largo plazo que requiere de una estrategia fundamentada, definida, y no producto de decisiones precipitadas y urgentes. Sería un error ignorar lo aprendido estos meses, pero también lo sería planificar teniendo en cuanto solo lo ocurrido estos meses. Por ello, no limitemos la digitalización a la simple provisión de la educación online“Partiendo de la premisa de que la digitalización es un proceso sin vuelta atrás, se corre el riesgo de que la tecnología diluya a la educación: necesitamos reforzar las capacidades digitales del sistema educativo, y seguramente también integrar nuevas soluciones tecnológicas que permitan cubrir procesos que hasta ahora sucedían en contextos presenciales. Pero la toma de decisiones en inversión de equipamiento debe estar siempre precedida por el para qué: qué necesidad, proceso formativo o servicio va a cubrir” (Zubillaga, 2020).
  3. Cómo pasar de una innovación forzada y forzosa a una innovación reflexiva, grupal y compartida. El tiempo de improvisaciones y decisiones sobrevenidas ha pasado. Tenemos lecciones aprendidas de lo vivido y tenemos una visión de futuro que, aunque incierta y cambiante, supone una ventana de oportunidad para la transformación que el sistema educativo lleva demandado hace tiempo.

Es hora por tanto de analizar lo vivido, integrar lo aprendido, e iniciar un proceso de innovación que ya ha comenzado y que es posible que, en muchas de sus manifestaciones, no tenga marcha atrás. Pero también es necesario que este movimiento, para poder formar parte del sistema y empujar dicha transformación, se articule en colaboración con todos los agentes que configuran el fenómeno educativo. En definitiva, un proyecto colectivo y compartido, Un mapa colectivo, de todos y para todos. Porque, la innovación o será colectiva o no será.

Ainara Zubillaga es directora de Educación y Formación, Fundación Cotec para la Innovación.